01 AGO
2020
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CONTATE OTRO 2.0 (PARTE 4)


Por Carlos Balboa
Periodista. Socio 12.236. Socio Refundador 2.045

Ya expusimos la falsedad de que las grandes ligas de fútbol “cuenten todo” y aclaramos que diferenciar al amateurismo no significa “borrar el Mundial del 30”. Es turno de abordar un tercer mito revisionista: el que indica que no hay mayores diferencias entre el campeonato de 1930 y el de 1931. El que niega el hito de la profesionalización.

CONTATE OTRO 2.0 (PARTE 4)

El concepto de hito facilita nuestro análisis de los procesos históricos. Para entender mejor lo acontecido nos valemos de hechos puntuales a los que consideramos emblemáticos. Asociamos el final de la Guerra Fría, por ejemplo, a la caída del Muro de Berlín. Sabemos que la explicación es mucho más compleja, pero el hito nos permite asir lo inabarcable.


Con esta breve introducción bastaría para justificar por qué el torneo de Primera División de 1930 no puede homologarse al de 1931. Entre ellos medió el insoslayable hito de la profesionalización de nuestro fútbol. Tan simple y contundente como eso. No obstante, nos permitiremos ahondar un poco más en el asunto.


Es curioso que los que piden “contar la historia completa” deban recurrir a un procedimiento de omisión histórica para justificar su homologación de competencias de naturaleza disímil. La paradoja de quienes reclaman “contar todo” radica en que la equiparación del amateurismo sólo es posible olvidando lo que significó la profesionalización en materia organizativa, normativa, económica y deportiva.


Más aún, este revisionismo parcial (en su doble acepción) requiere negar que el profesionalismo fue aceptado desde su surgimiento mismo como un “borrón  y cuenta nueva” por todo el fútbol argentino. Incluso por los clubes que más triunfos habían celebrado en la época de proto-organización. No es azaroso que en la web abunden las capturas de periódicos, publicaciones deportivas y revistas partidarias de los primeros años de la era profesional donde explícitamente se marca el mayor estatus de este período en relación con el amateur.


Sin contextualizar lo que representó el éxito de la reivindicación laboral de los futbolistas en plena dictadura de José Félix Uriburu, el enfoque de los estadígrafos de Racing y Huracán reduce la profesionalización de 1931 a una mera cuestión de “blanqueo salarial”. Enfatizan que, en la práctica, el fútbol local llevaba años entregando sobres por debajo de la mesa, restándole importancia al establecimiento de los primeros derechos y las primeras obligaciones laborales entre quienes salían a la cancha, y soslayando también la evolución organizativa que acompañó este proceso por parte de quienes estaban detrás de los escritorios.


Más allá de que se oficializaron las remuneraciones de los jugadores, alegan los revisionistas, no hubo grandes cambios entre el torneo de 1930 y el que se disputó el año siguiente. Los equipos estuvieron compuestos por casi los mismos futbolistas, exponen, los escenarios permanecieron invariables y no se modificó el formato de disputa del certamen (una rueda de “todos contra todos”). De hecho, resaltan, hasta se repitió el campeón (Boca). El "reinicio de sistema" del 18 de mayo de 1931 significó, para ellos, un reacomodamiento más.


¿Pero por qué motivo, entonces, la AFA nunca unificó ambas eras? ¿Por qué se impuso la diferenciación desde hace nueve décadas? ¿Hubo una confabulación de dirigentes, futbolistas, hinchas, periodistas y el resto de los actores involucrados para establecer una distinción arbitraria en función de razones que escapan a la comprensión inmediata? ¿Tuvimos que aguardar a su reversión iluminada de la historia para comprender el imperdonable error en el que incurríamos?


En “Historia del Fútbol Argentino”, libro editado en 1955, Dante Panzeri explicó que el surgimiento y la consolidación del profesionalismo en nuestro país obedecieron, más que a un deseo de los dirigentes, a la sana aspiración de los espectadores en pos de ver un fútbol más competitivo, por un lado, y a la entendible necesidad de los futbolistas de consagrarse con exclusividad a su práctica, por otro. Se trató, según sus palabras, de la irrupción de una instancia de “superación del deporte” que lógicamente marcó un antes y un después. “El juego se convirtió merced a su dedicación en un arte, jerarquía que alcanzó por obra de la implantación del profesionalismo”, escribió


Mientras que los revisionistas de hoy se esfuerzan por minimizar los cambios derivados del fin del amateurismo, e intentan explicarnos que Huracán en verdad tiene cinco campeonatos, porque el de 1973 debe situarse a la par de los obtenidos en una liga paralela de los años ’20, Panzeri aclaraba que sólo gracias al profesionalismo los jugadores pudieron “experimentar los beneficios del entrenamiento metódico y de disciplinas a las que no estaban habituados”. “Además, al vivir sin inquietudes económicas (…), pudieron prodigar todas sus energías al deporte, con lo que el juego ganó en calidad y los equipos en rendimiento. Se hizo así de los futbolistas, y esto es de importancia por su alcance social, hombres dignos de su profesión”, sentenció.


No menos significativa fue, desde su óptica, la regularización de los traspasos entre los equipos. “Ya impuesto definitivamente (el profesionalismo), asegurando el desenvolvimiento económico de las instituciones, los clubes establecieron entre sí, para que no se malograse la organización, un convenio por el cual el jugador que presta servicios en un club no puede bajo ningún concepto pasar a otro sin el consentimiento del que lo cuenta en sus filas”, sostuvo Panzeri. “Ese convenio es el círculo de hierro que impidió que el fútbol profesional muriese a poco de nacer”, completó.


A tono con los lineamientos de esta nueva era, los abandonos y las no presentaciones de equipos que tanto habían menoscabado al fútbol amateur, y que habían sido causa y/o consecuencia de recurrentes escándalos y escisiones, se volvieron una rareza absoluta. Las irregularidades de esta índole que antes de 1931 se multiplicaban en una misma jornada, desde entonces prácticamente no sucedieron más. A tal punto que, en casi 90 años de profesionalismo, la no presentación de un equipo de Primera División se registró sólo cinco veces (contando el reciente caso de River frente a Atlético Tucumán, en pleno arranque de la pandemia de coronavirus).


Así como los años fundacionales marcaron la identidad de nuestros clubes y plantaron la semilla de la profesionalización, sin el hito de 1931 el fútbol no se hubiera convertido en lo que es hoy en la Argentina, no hubiera adquirido las implicancias socioculturales, políticas y económicas que actualmente posee. Entre los torneos de 1930 y 1931, dos certámenes aparentemente similares, hay un abismo dado por el quiebre consuetudinario que significó la profesionalización. No entender esto es negar la transformación del futbolista aficionado en futbolista profesional, es omitir -desde una postura interesada- la conversión del juego-divertimento en deporte competitivo.


Continuará…

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